
Dirección y guión: Terrence Malick.
País: USA.
Año: 2005.
Duración: 150 min.
Género: Drama, aventuras.
Interpretación: Colin Farrell (John Smith), Q'Orianka Kilcher (Pocahontas), Christopher Plummer (Capitán Newport), Christian Bale (John Rolfe), August Schellenberg (Powhatan), Wes Studi (Opechancanough), David Thewlis (Wingfield), Yorick van Wageningen (Argall), Raoul Trujillo (Tomocomo), Michael Greyeyes (Rupwew).
Producción: Sarah Green.
Música: James Horner.
Fotografía: Emmanuel Lubezki.
Excéntrico, prestigioso, reclusivo y con apenas cuatro películas en treinta años, Terrence Malick es uno de esos escasos directores que todavía despiertan una pasión desenfrenada en los críticos y religiosa en el público. Ahora, a casi diez años de La delgada línea roja, vuelve sobre la guerra y el encuentro de dos mundos: esta vez, valiéndose libremente del mito indígena norteamericano de Pocahontas ofrece una obra rara, lírica, casi muda, de una potencia visual digna de un artista que intenta capturar la magnificencia del mundo.

Terrence Malick tiene fama de genio y de loco. Ambas apreciaciones son discutibles, pero en cualquier caso el director ha creado un cuerpo de trabajo y una actitud frente a medios, industria y obra que, por lo menos, permiten clasificarlo como extravagante a la antigua. No da entrevistas (nunca), en treinta y dos años filmó sólo cuatro películas, es profesor de filosofía graduado en Oxford, tradujo a Heiddegger y vivió un exilio voluntario de veinte años en Francia –después de estrenar Días de gloria en 1978–, durante los cuales nadie siquiera se enteró de qué estaba haciendo. Su gran regreso fue La delgada línea roja en 1998, una película sobre la Segunda Guerra Mundial basada en la novela de James Jones que fue aclamada como una obra maestra. El trabajo sobre la película no estuvo exento de cholulaje y caprichos: enloquecidos por trabajar con el excéntrico más prestigioso de Hollywood, actores como Kevin Costner, Brad Pitt, Johnny Depp y Ethan Hawke se presentaron en la casa de Malick para leer el guión de la película; finalmente Malick contrató a varios famosísimos, como George Clooney y John Travolta, pero sus papeles en pantalla quedaron reducidos a mínimos secundarios en la edición. Otros, como Billy Bob Thornton o Bill Pullman, fueron cortados del todo y el mayor tiempo de pantalla se lo llevaron virtuales desconocidos (entonces) como Adrien Brody, Jim Caviezel y Ben Chaplin. Pero nadie se queja. El de Malick es un caso único: cada una de sus películas es considerada un evento y saludada como la obra de un verdadero artista; poco importa el gusto personal de los críticos, que de forma unánime se prosternan ante la excelencia visual del director y titubean ante el paisajismo, la edición obsesiva, el clima onírico y la narrativa de monólogo interior, dudando entre calificarlas de aburrido anacronismo o riesgo insólito, marca de autor, enfrentamiento contra el convencionalismo o búsqueda de una forma de contar que va a contracorriente de todo lo que hace Hollywood.
La nueva incursión cinematográfica del calificado por algunos como el J.D. Salinger del Cine retrocede hasta la llegada de los primeros colonos in-gleses a las costas de América del Norte, una visión necesariamente distinta a otras aproximaciones sobre este tema, teniendo en cuenta que nos encontramos ante el universo de un creador desconcertante, libre e inclasificable. Al igual que el autor de “El guardián entre el centeno”, el director Terrence Malick no se prodiga en los medios, es extraño a la promoción y parece estar al margen de la industria. Tan sólo cuatro películas en algo más de 30 años, con unos signos de identidad muy concretos, muestran unas constantes en su forma de entender el Cine como medio para crear fascinantes imágenes e instrumento de reflexión sobre el sentido del individuo ante la realidad que le rodea.
Nos muestra la llegada de los primeros colonos a tierras de Virginia, los posteriores enfrentamientos con los indígenas, los cuales lo único que quieren es proteger sus tierras y sus cultivos, también enfrentamientos entre los mismos colonos, sobre todo cuando viene la falta de alimento y, entre todos ellos, el capitán John Smith y la hija del jefe de los indígenas, conocida por todos por Pocahontas, aunque durante el film la rebautizan como Rebeca (comentar que el nombre de Pocahontas sólo sale en los títulos de crédito finales). Historia mas que conocida, todavía reciente la versión animada de la Disney, pero Malick no va por estos derroteros, nos muestra un romance, un amor verdadero pero secundario, me da la impresión de que nos cuenta la historia pero sin narrarla. Malick tiene, para mí, una estética única, da mucha más importancia a la iluminación, a la fotografía que a la propia historia, hay que recordar que vuelve a tener una nominación al Oscar® a la fotografía (que ya consiguiera con "Días del cielo" de la mano de Néstor Almendros). Seguimos oyendo esas voces en off de los protagonistas (como en "La delgada línea roja"), escuchamos cómo nos hablan, lo que sienten, ese amor pulcro acompañado de las lluvias torrenciales, cómo va fluyendo el relato tan perfectamente acompañado de los paisajes del territorio virgen, el enfrentamiento entre los indígenas y los colonos, tan preciso, tan poético, la lucha por la tierra, todo este seguimiento de escenas bajo la batuta de W.A. Mozart y Richard Wagner van convirtiendo toda imagen en pura poesía. Malick es un director que se hace de rogar, independiente, alejado del mundo, quién sabe cuándo volverá a dirigir.
Fiel a los elementos formales que han caracterizado su cine, Malick realiza una aproximación a la historia profundamente sensorial. Lo primero y lo último que se percibe es el sonido de la Naturaleza, la profunda comunión con el medio natural se plasma en sus todas sus dimensiones y su presencia es uno de los aspectos fundamentales a lo largo del metraje. Este retorno a la pureza del sonido se acompaña por la partitura del compositor James Horner y distintas piezas clásicas. Si en “Días el cielo” la luz del recordado director de fotografía Néstor Almendros envolvía aquellos campos de Medio Oeste americano, aquí el preciosismo visual de Emmanuel Lubezki recorre con su mirada la costa de Virginia componiendo hermosos planos pictóricos. La cámara se desliza de forma desmayada por entre unos personajes que, en ocasiones, no son más que una parte integrante de esta naturaleza que casi es posible llegar a oler y sentir a través de ellos. Hasta cierto punto, se recrea en la belleza que proporcionan estas localizaciones, con las que crea el marco idóneo para lo que pretende transmitir.
Puede decirse que algunos de estos momentos serían la Poesía plasmada en el Cine. Estas hipnóticas imágenes se acompañan por unos deshilvanados monólogos interiores que nos guían por los tortuosos y contradictorios sentimientos de los perso-najes. No se trata de una voz en off, tan poco cinematográfica en algunas ocasiones, como opción demasiado cómoda para sustituir lo que debería plasmarse mediante otros recursos, sino de una pro-fundísima reflexión que, de forma progresiva, deja en el aire pensa-mientos desordenados y preguntas que acaban resultado totalmen-te actuales, como la incomprensión, la duda o el anhelo de huída y cambio.
El prestigio de Malick se hace también evidente por el enorme interés de los interpretes en tra-bajar con él, poniéndose esta vez a su incondicional servicio el irlandés Colin Farrell, que aborda su personaje con fuerza y sobriedad, acompañado, entre otros, por Christian Bale, Christopher Plummer y todo un descubrimiento, la joven Qorianka Kilcher.
Es la historia de un amor

Pocahontas nació en 1595 y era hija del Gran Jefe –para muchos historiadores, el título debería ser emperador– Wahunsunacock, también conocido como Powhatan, que reinaba sobre casi todas las tribus de la región Tidewater de Virginia, llamada Tenakomakah entonces. Su celebridad y su mito son conocidos: fue generosa con los colonos del primer asentamiento inglés de Jamestown, los ayudó a pasar los fríos inviernos y se dice que le salvó la vida al explorador John Smith —quien más tarde convivió con la tribu–; aparentemente, cuando las relaciones entre los aborígenes y los ingleses se deterioraron, los colonos hicieron prisionera a Pocahontas, para usarla como prenda de negociación ante Powhatan. En la colonia conoció a John Rolfe, un empresario del tabaco, y se casó con él. La pareja viajó como invitada a Inglaterra, donde la hija del jefe fue presentada al rey y se convirtió en una celebridad. En 1617 murió de neumonía en Inglaterra; su esposo y su hijo volvieron a América.
No hay evidencia acerca de qué pensaba o sentía Pocahontas, porque nunca aprendió a escribir; lo que se sabe de ella proviene de los erráticos diarios de John Smith y, sobre todo, de la leyenda. No hay evidencia histórica de que haya salvado la vida de Smith y mucho menos de que tuviera un romance con él (Pocahontas tenía menos de 12 años cuando lo conoció); no se sabe si su matrimonio con Rolfe fue consentido, ni está claro por qué demostró tanta simpatía por los colonizadores. Para muchos historiadores, fue una traidora, una Malinche norteamericana; para otros, es símbolo de la posibilidad de convivencia de los dos mundos, que, como se sabe, se derrumbó poco después, cuando los indígenas norteamericanos fueron masacrados.

Malick va incluso un paso más allá del mito y ve a Pocahontas como una visionaria. Ella ve la unión de los mundos y desde el principio su curiosidad y coraje están motivados por la inocencia, pero también por la sabiduría. El Nuevo Mundo explota sin ambages el incomprobable romance entre Smith (Colin Farrell, en un gran trabajo) y Pocahontas (QOrianka Kilcher, una impresionante actriz de 14 años) y los sitúa en un edén durante largas escenas de cortejo en las que suena el “Concierto para Piano Nº 23” de Mozart; película sobre la hibridación, El Nuevo Mundo funciona en muchos niveles como una complicada mezcla de géneros: la novela del siglo XIX a la Jane Austen para el tratamiento del romance, la traición y la sensatez del casamiento final, la épica grandiosa, la mirada etnográfica –en el detalle de reconstrucción del lenguaje indígena, los movimientos y maquillaje de los actores nativos–; es una película sobre la refundación, sobre la relectura del mito, con cierta nostalgia agregada porque Malick tiene la ventaja de saber lo que la historia les depararía a los dos mundos que comienzan a conocerse, una mirada romántica sobre lo que podría haber sido; pero también es una historia de amor imposible. Malick pone al mismo nivel las excelentes escenas en que los norteamericanos nativos, recién llegados a Inglaterra, ven con curiosidad ese nuevo mundo de jardines geométricos y naturaleza domesticada con los largos abrazos, miradas y diálogos susurrados entre Pocahontas y Smith; todo en la película habla de un descubrimiento y está basado en lo sensorial. En Japón, la película será estrenada con un dispositivo ultramoderno que lanza a la sala olores, diferentes en cada etapa de la película, para optimizar la experiencia.
El culto

La crítica especializada coincidió en general con la excelencia visual y estética de la película, aunque le cuestionó las libertades históricas y la mirada benevolente sobre nativos y colonos. Creyeron que El Nuevo Mundo es puro idilio, pero no obstante le reconocieron los méritos políticos de imaginar un pasado ideal para marcar con mayor contraste la crueldad y el fracaso posterior. Sin embargo, la Academia ignoró la película casi por completo –sólo fue nominada por su fotografía, y perdió) y el público no le prestó tampoco demasiada atención, a pesar de las presencias de Cristian “Batman” Bale (que compone con elegancia a Rolfe, el esposo de Pocahontas) y Farrell. Sin embargo, El Nuevo Mundo se está transformando en un fenómeno distinto: sus defensores son fanáticos y su devoción sólo puede calificarse de culto. La crítica del New York Times Manohla Dargis tiró la primera piedra: “La única explicación por la que El Nuevo Mundo no está presente en los Oscars es que todos en la Academia son idiotas”, bufó. El crítico de New York Press Matt Zoller Seitz escribió que la película era “su nueva religión” y en su blog publicó: “En mi escritorio, junto al teclado, tengo una de mis posesiones más preciadas: la entrada para la función del 21 de enero a las 9.30 de El Nuevo Mundo en el cine BAM-Rose de Brooklyn”. J. Hoberman, el prestigioso crítico de The Village Voice, no le hizo una buena crítica. Recibió cartas y mails injuriosos, que lo acusaron de no apreciar ni el arte ni la belleza. Fue él, sin embargo, quien percibió la latencia del culto y quien escribió que la película de Malick va camino a ser un film de medianoche, como The Rocky Horror Picture Show. Claro que muy diferente. “¿Quién puede negar que Estados Unidos necesita más que nunca, en este momento, un mito de redención? En febrero fui a la última proyección de El Nuevo Mundo en el BAM. Eramos sólo 19 personas. Las otras dieciocho estaban en trance. Creo que todos habían visto la película antes. Pero todos se quedaron hasta que terminaron los títulos, religiosamente, esperando la oscuridad. Algo está pasando.” Malick prepara una versión de tres horas de su película en DVD, pero muchos expertos sospechan que no funcionará comercialmente, porque se trata de una experiencia de pantalla grande, muy difícil de apreciar en la comodidad del living. “La respuesta a El Nuevo Mundo”, escribió Hoberman, “refleja que la búsqueda de una utopía todavía está relacionada con las películas, y el fervor religioso que esta película en particular ha generado es fascinante. Incluso para un agnóstico como yo.”

Pese a su escasa producción fílmica hasta la fecha, con esta nueva propuesta el cineasta vuelve a demostrar que todavía hay muchos caminos hacia la introspección por recorrer. El Cine puede continuamente reinventarse, abierto a todo tipo de interpretaciones, y dar cabida a la Poesía o la Filosofía, y, como impresión final, parece que invita a pensar que el sentido de la existencia es la propia vida, tanto natural como humana, que pese a todo, nunca se detiene.

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