Dirección y guión: Kim Ki-duk.

País: Corea del Sur.
Año: 2004.
Duración: 95 min.
Género: Drama.
Interpretación: Lee Seung-yeon (Sun-hwa), Jae Hee (Tae-suk), Kwon Hyuk-ho (Min-kyu), Joo Jin-mo (Detective Cho), Choi Jeong-ho (Funcionario de prisiones), Lee Dah-hae (Ji-eun), Park Dong-jin (Detective), Moon Sung-hyuk (Sung-hyuk), Park Jee-ah (Jee-ah).
Producción: Kim Ki-duk.
Música: Slvian.
Fotografía:I Jang Seung-baek.
Montaje: Kim Ki-duk.
Películas como el muy peculiar thriller "Memories of murder (Crónica de un asesino en serie)" (Bong Joong-ho, 2003), la inquietante "2 hermanas" (Kim Jee-woon, 2003), la magnífica y sorprendente "Old boy" (Park Chan-wook, 2004) o el éxito sorpresa del pasado año, "Primavera, verano, otoño, invier-no... y primavera", anterior título del realizador que hoy nos ocupa, Kim Ki-duk, demuestran a las claras el excelente estado de salud de una cinematografía poderosa, rica en contenidos y estilos, que acos-tumbra a dejarnos con la boca abierta con bastante asiduidad a los adocenados espectadores occidentales, de paladar muy poco acos-tumbrado a estos platos de indudable riqueza.
Ki-Duk domina la imagen como muy pocos. Sus personajes se comunican con el espectador mediante una puesta en escena tan apabullante, tan estudiada, tan expresiva como la que despliega con depurada exigencia en cada uno de sus delirios. La mudez que caracteriza a aquellos los sanciona como individuos extraños, inadaptados, completamente ajenos, por el sigilo de sus conductas, a quien los contempla. Hemos de intentar escucharlos a través de sus acciones, de sus tránsitos, de los objetos que tocan, de los contracampos en donde se ocultan, o a través de las miradas esquivas, turbias y desapacibles que desenmascaran (o no) sus respectivos misterios.
En "Hierro 3" Kim Ki-duk sigue explorando, desde esos personajes que se mueven en coordenadas bastante ajenas a las de la sociedad en las que les ha tocado vivir, esas mismas reflexiones sobre la soledad, la libertad de elección, el amor y el dolor que han presidido su filmografía desde siempre, pero ofreciendo una salida, por extraña o irónica que parezca, a situaciones algo extremas que aparentemente no parecen tener fácil solución o ser capaces de llegar a buen puerto.
En HIERRO 3 es capaz de materializar en imágenes un espinoso proceso metafórico-poético: el de la pasión amorosa entendida ésta como elevación, como superación de la materialidad orgánica implícita en todo ser humano. El ser apasionado deja, abandona su propio cuerpo para dejar de existir ante los ojos de los demás, y sólo ser en el deseo de la persona que lo ama. Inhabita su existencia corpórea para instalarse en el territorio del deseo del otro. Ha de desaparecer de su apariencia, ha de evaporarse desde su complexión para fundirse, pertenecer en exclusiva al ámbito de la intimidad demandante de quien lo necesita. HIERRO 3 nos aproxima, configura en relato esa transformación alucinante que es la invisibilidad del arrebatamiento amoroso.

El protagonista de "Hierro 3" no dice una sola palabra a lo largo de los 95 minutos de metraje de esta, vamos a decirlo ya, maravillosa película. Ni falta que le hace, pues es más que capaz de transmitir con la sola ayuda de su mirada y de sus actos todo lo que pasa por su interior, por más que al principio se nos escape el sentido de algunos de estos últimos. Tae-suk, un particular vagabundo errante, cuyo único objetivo es ir ocupando, durante un breve lapso de tiempo, casas, hogares, circunstancialmente vacíos. Para conseguirlo, se las ingenia haciendo valer una curiosa artimaña: va dejando folletos propagandísticos en las puertas de sus posibles hospedajes, y, horas más tarde, elige, para forzar, introducirse y alojarse, aquella residencia en la que nadie se ha molestado en recogerlos. En realidad, Tae-suk ha-ce algo más: su mera presencia en las casas vacías insufla de nuevo vida a esos sitios que, sin la presencia de aquellos que los habitan, carecen de todo sentido. Esos espacios inertes, muertos, cobijan por un tiempo a un alma solitaria que pasa por ellos con curiosidad por los objetos que revelan detalles de la personalidad de sus dueños y que son tratados con infinito respeto y hasta mejorados por su temporal inquilino, quien pajarea de un lugar a otro sin disponer nunca de uno propio, ni pretenderlo. Lejos de robar, de destrozar las pertenencias que halla en cada una de las viviendas, quizás en pago a la comida que consume, al descanso disfrutado de las camas en donde duerme, Tae-suk hace la colada de la ropa sucia que encuentra, riega las plantas, y arregla algún que otro objeto que halla estropeado. Es un modo de vida que nos choca profundamente, por supuesto, no ya porque sea delictiva (aunque no haga daño a nadie) o porque nos pueda parecer insostenible por mucho tiempo, sino porque ninguno de nosotros podría hacer algo semejante. Ni siquiera imaginarlo. Curiosamente, Ki-Duk se detiene con especial énfasis en un momento en el que insólito morador pone en funcionamiento un reloj que cuelga parado en la pared de uno de los pisos. Tae-suk, podemos deducir, pone tiempo a esos hogares desocupados; les da vida al habitarlos, otorgando sentido a la suya en esa suerte de deambuleo entregado a hacer latir esas estancias libres; él las que mima, las embellece, las ordena, como si las arrullara, ofreciéndoles el latido de la cotidianeidad extirpado con la ausencia eventual de sus auténticos amos. Ki-Duk, como casi siempre, no indaga en las causas que originan este comportamiento, no analiza a su personaje: nos lo presenta sin excusar un ápice de complejidad, haciendo atribuir a su cámara la misma naturalidad, la misma transparencia que impulsa a sus protagonistas a cometer acciones inusuales, que ellos nunca asumen como tal.

Pero un día, en una de esas casas, Tae-suk se encuentra con otro alma tan solitaria como la suya: una mujer que le observa hacer su ritual habitual en silencio, sin interferir, movida por la curiosidad de ese extraño que se ha introducido en su hogar como un fantasma. Sun-hwa necesita que alguien la rescate. Es una mujer casi anulada, humillada y maltratada por su déspota marido, que la trata como a uno más de los lujosos objetos que decoran su casa. Ella intuye en Tae-suk una posibilidad de que su vida cobre su sentido perdido y, sin que ninguno de ambos cruce una sola palabra pero entendiéndose a la perfección, ambos se marchan. La aparición del personaje femenino desencadena, exalta, espolea la narración al territorio de lo simbólico. Ki-duk ya anuncia en ella el posterior desarrollo del insólito, aventurado abismo lírico que se nos va a proponer: Si en ésta, es la joven maltratada la que permanece invisible a los ojos de Tae-suk, el último tercio de la película va a detenerse en pormenorizar ante el espectador todo un proceso de inaudito, sobrehumano y extra-ordinario aprendizaje: el de Tae-suk por lograr la inmaterialidad, la imperceptibilidad absoluta; por instalarse exclusivamente en la parcela íntima y secreta de la atención reclamante de Sun-hwa.
Y a partir de ese instante, los dos comparten ese errante modo de vida, conociéndose, adaptándose, compartiendo esa sensación de libertad tan cara a ambos. Es una hermosa relación, que Kim Ki-duk despliega con una puesta en escena despojada de cualquier artificio narrativo, contando su historia con una austeridad llena de momentos poéticos y mágicos, combinados con otros dramáticos y hasta cómicos mientras van encontrando, lenta pero de manera inexorable, la forma de encajar y hacer compatibles esas dos sensibilidades, esas dos historias que la vida se ha encargado de entrelazar con una fuerza mucho mayor de la que ambos creían posible. Por supuesto, llegará el momento en el que, por motivos que no viene al caso revelar, las vidas de los dos volverán a caminos separados. Y es en el segundo tramo de la película donde empiezan a cobrar una enorme fuerza todos los elementos que Kim Ki-duk ha ido orquestando de manera sutil desde el comienzo de su obra: si al principio Tae-suk se comportaba como un fantasma habitando esas casas vacías (de hecho, su propia automarginación de la sociedad le convierte en un inadaptado, en un espectro al margen de la misma), ahora busca la forma de hacer realidad esa condición, llevado por una idea tan imaginativa como hermosa, pues acaba de insuflar nueva vida a algo mucho más importante que un espacio desocupado. A su vez, su propio corazón (que antes era una casa vacía) está ocupado y lleno de vida, con una energía que jamás ha conocido antes. Ya no sentirá la necesidad de ocupar más casas vacías, precisamente porque ha abierto las puertas de su alma e invitado a alguien a que la ocupe, y sólo esa persona puede volver a proporcionarle la libertad de la que ahora no dispone más allá de su confinamiento. Es una hermosa lectura del amor y de la vida.
Los que estén familiarizados con el mundo del golf sabrán que los palos llevan el nombre de hierros y una numeración según el uso para el que están destinados. El hierro 3 es el palo menos utilizado por los golfistas, ya que son escasas las situaciones en las que resulta necesario. Sin embargo, ahí está, para cuando es preciso. Y es precisamente un hierro 3 lo que Tae-suk utiliza en un principio como herramienta para rescatar a Sun-hwa de su vida desgraciada, un hecho que ni mucho menos resulta casual. "Hierro 3" es, en suma, un film en el que, pese a no haber apenas diálogos, se habla, y se habla de manera muy clara, de muchas cosas. Una película que usa de forma sumamente brillante multitud de recursos expresivos para contar una historia utilizando los mínimos elementos, pero orquestados con tal inteligencia y sutilidad que uno no puede sino rendirse al talento de este impresionante director coreano, capaz de conseguir algo tan complejo como emocionarnos hasta el borde de la lágrima a golpe de sentimiento servido en algo que sólo puede ser calificado como pura poesía visual sin descuidar por ello una más que interesante invitación a reflexionar sobre las múltiples y a menudo surrealistas formas que puede adquirir la comunicación, las complejas maneras de entender la nostalgia o vivir una ausencia, la indestructible confianza que uno puede adquirir en el otro y, en consecuencia, en uno mismo, y, por encima de todo, la necesidad de abrir las puertas de esa casa vacía que todos tenemos por alma para que alguien pueda insuflarle la imprescindible vida.
Resulta verdaderamente admirable asistir a este espectáculo de pureza narrativa. A Ki-duk le basta con proveerse de la imagen sencilla para esgrimir un envolvente discurso, que transita desde lo imaginario a lo real, desde lo ordinario a lo fantasmagórico, con una tersura implacable, carente de estridencias y subrayados, fundamentada en una coherente limpieza mostrativa, y en la reinterpretación significante que resulta de retomar lugares, acciones y objetos ya determinados con anterioridad, para insuflarles un sentido nuevo: el palo de golf, que puede ser un arma vengativa; el sofá vacío, símbolo de la ausencia del amado; o las casas asaltadas, como territorio en donde poner a prueba la pericia lograda en el calabozo. Todo, en Ki-duk, está impelido a descorrer su reverso. Saboreémoslo. Son muy pocos, dentro del cine contemporáneo, los que dan primacía al lugar que condiciona la mirada en cada plano. De entre todos, él es el mejor.
Una película donde los protagonistas no dicen una sola palabra pero que no fue necesario para hacer llorar.
La casa vacíaSalgo de mi casa.
Mientras estoy fuera, alguien entra en mi casa vacía y se instala en ella.
Come la comida de mi frigorífico, duerme en mi cama, mira mi televisor. Quizá porque se siente culpable, arregla mi despertador roto, lava la ropa, lo ordena todo y luego desaparece.
Como si nadie hubiera estado allí...
Un día entro en una casa vacía.
Parece que nunca haya estado nadie, así que me desnudo, me baño, preparo la comida, lavo la ropa, arreglo una báscula de baño y juego al golf en el jardín de la casa.
En la casa hay una mujer desanimada, asustada y herida, que no sale nunca y que llora.
Le muestro mi soledad. Nos entendemos sin decir ni una palabra, nos vamos sin decir ni una palabra.
Mientras elegimos una casa en que vivir, nos sentimos cada vez más libres.
En el momento en que parece que nuestra sed de libertad se ha aplacado, nos quedamos atrapados en una casa oscura.
Uno de los dos se queda en una casa hecha de nostalgia.
El otro aprende a convertirse en un fantasma para esconderse en el mundo de la nostalgia.
Ahora que soy un fantasma, ya no siento deseos de buscar una casa vacía.
Ahora me siento libre de ir a la casa en la que vive mi amada y besarla.
Nadie sabe que estoy allí.
Excepto la persona que me espera...
Siempre llega alguien para la persona que espera... Llega, seguro... hasta para la persona que espera...
Este día del año 2004, alguien abrirá el candado que bloquea mi puerta y me liberará.
Confiaré ciegamente en esa persona y la seguiré a donde sea sin que me importe lo que pueda suceder...
Hacia un nuevo destino...
Es difícil saber si el mundo en que vivimos es sueño o realidad.
Kim Ki-Duk




























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