
Bob Dylan debe de ser uno de los músicos sobre el que más páginas se hayan escrito jamás. Carácter huraño; centenares de reclamos para darle el Premio Nobel de Literatura para el poeta; y, no un libro, sino una enciclopedia entera se podría escribir con las interpretaciones diversas que merecen sus composiciones. Sin embargo, muy pocos hasta ahora se habían dado cuenta de que es la ironía el rasgo distintivo del veterano Dylan. Así lo demuestra el título de su último disco, “Modern Times” (Tiempos modernos), cuyo repertorio se sumerge en la historia del blues y del rock primigenio para mantener encendido el debate entorno a sí mismo.
Producido por el propio Dylan, bajo el pseudónimo de Jack Frost, 'Modern times' contiene temas extensos, de largo desarrollo. En su nuevo trabajo, Dylan, encargado de la guitarra, la armónica y el piano, ha vuelto a confiar en sus inseparables músicos de gira: Tony Garnier -bajo y violoncello-, George G. Receli -batería-, Stu Kimball y Denny Freeman -guitarras- y Donnie Herron -guitarra steel, violín, viola y mandolina-.
Entre todos logran un disco que, a pesar de recorrer 'Tiempos modernos', huye de todo artificio técnico de estudio para lograr sonidos de siempre como si hubieran sido extraídos de una actuación en directo. Fiel a las declaraciones de Dylan de hace pocos días para la revista Rolling Stone, donde manifestaba su intención de escapar de un "trabajo sobreproducido".
Hacía mucho tiempo que un disco de Bob Dylan había sido recibido con tanta anticipación como este “Modern Times”. La conjunción de una resurrección creativa que se percibe clara desde el ya lejano “Time Out Mind” y una política de excelentes lanzamientos retrospectivos en múltiples formatos (discográficos, cinematográficos, y literarios) ha ido cebando la máquina, hasta dotar a Dylan de su mayor centralidad y atención en décadas. Incluso le ha caído un Oscar por su aportación a la banda sonora de “Wonder Boys”, aquella memorable “Things Have Ghanged”. Lo (casi) nunca visto. Así, ansiosas proyecciones, juicios a priori, expectativas exageradas y predeterminaciones varias, han saltado como un resorte en cuanto este disco ha tocado, no ya las estanterías de las tiendas, sino las mesas y equipos de sonido de la crítica mundial.
Bob Dylan utilizó versos del poeta norteamericano del siglo XIX Henry Timrod en las letras de su último disco, 'Modern Times', el primer número uno de ventas del cantante en treinta años.
En su autobiografía, 'Chronicles: Vol.1', Dylan, de 65 años, mencionó su fascinación por la guerra civil norteamericana, época sobre la que escribió Timrod, lo que dio pistas de que podía haberse inspirado en ese poeta para su nueva obra.
La sospecha fue confirmada por el biógrafo de Timrod, Walter Brian Cisco, quien en declaraciones al diario The New York Times ha asegurado que 'no hay duda' de la utilización de los versos de ese poeta en las canciones de 'Modern Times'.
La inspiración de Dylan en ese poeta decimonónico no sólo ha llamado la atención de Cisco -quien precisó que 'estoy contento de que Timrod tenga este reconocimiento'- sino también a los propios admiradores del cantante norteamericano.
Entre ellos figuran algunos internautas que han llegado a señalar en la red que el título del disco, 'Modern Times', es en realidad una especie de tributo al poeta, ya que en esas palabras se incluyen las letras de su apellido, Timrod.
No es la primera vez que se señala a Dylan por tomar prestadas las palabras de otros autores, algo que ya le sucedió en su anterior disco, 'Love and Theft', donde sus admiradores encontraron numerosas coincidencias con 'Confessions of a Yakuza', obra del autor japonés Junichi Saga.
Algunos han trazado por sus narices en este disco el tercer vértice de una trilogía, arrancada en “Time Out Of Mind”, probablemente porque a todos nos gusta el número tres y las trilogías, mientras que otros no han dudado ni dos escuchas en catalogarlo de obra maestra. Y, como no, inevitablemente algunos han hecho acopio de cualquier posible doble sentido para construir toda una teoría, en la que Dylan retorna a primera línea de pelea política contra el Imperio Neocon. Y por el bien de todos, conviene, en cierto modo, aplicar un poco más de rigor.
Quienes le aman pese a su crepúsculo, tendrán en Modern Times un nuevo elemento reivindicatorio. Antes que sus diez canciones, me agradó no encontrar una nueva incorrección discográfica como Love and Theft. Creí que Dylan moría en aquel trabajo de 2001, pero este nuevo álbum atestigua que no lo hace aún. Modern Times es muy superior a aquel álbum. Su estilo, la textura musical, la fragancia que desprende en el aire al reproducirlo lo convierten en un trabajo correcto y digno. Modern Times no termina por hundir en el olvido al legendario poeta del rock, y en caso contrario, este pareciera responder en los hechos a un revés con cual hurta a los tiempos un nuevo trozo de presente.

También es cierto que ante Dylan se aplica una discriminación positiva de la que sus seguidores no-estadounidenses no sólo podemos sino que debemos tomar distancia. Lo sucedido el año pasado con el estreno del documental No direction home (dirigido por Martin Scorsese, aunque con un grueso de material trabajado por otros nombres) ha derivado en una suerte de canonización en vida, cuya única comparación cercana debe ser la que se le dio en sus últimos años a Teresa de Calcuta. De verdad hay veces en que hay que hacer un esfuerzo por recordar que un hombre así de alabado, homenajeado, citado y premiado no es un precursor musical de la época victoriana (o algo así), sino un cantautor vivo, de trato medio insoportable y proclive a los mismos errores que, digamos, Eminem. Que nos perdonen los dylanianos, pero disfrutar a Dylan exige, primero, recordar que, sí, cada nuevo disco suyo puede ser un tropiezo (como lo fueron antes sus álbumes cristianos, por ejemplo) y que, a sus 65 años, es casi irrefrenable la tentación que tiene un artista por descansar en sus laureles y cobrar sin aspavientos su merecida jubilación.
Si muchos apuntan la solidez de su actual banda como motivo adicional de fortalecimiento, cabe señalar dos bajas relevantes: las guitarras han dejado de estar tañidas con la característica fuerza de Larry Campbell y Charlie Sexton, para encontrar una mayor delicadeza pero igual destreza en Stu Kimball y Danny Freeman. Porque, en realidad, donde se localiza la gran victoria de este último Dylan no es tanto en su capacidad para encontrar músicos solventes y versátiles en el nutrido mercado americano, algo relativamente fácil, sino sobre todo en que tiene claro, como pocas veces en su vida, lo que quiere de ellos. Y precisamente eso es lo que se palpa en cada minuto del disco.
Un diario publicaba "Ha trascendido que la línea del álbum es la misma de 'Love and Theft', y que entre las 12 canciones de que consta contiene al menos 3 temas que podrían ser obras maestras." El resultado final del álbum no ofrece obras maestras por nignun lado, a lo sumo unos tres temas destacables.

Así el registro de estilos arcaicos de música americana vuelve a la amplitud exhibida en “Love And Theft”. En realidad, Dylan no ha vuelto ahora la vista necesariamente más atrás que en los principios de su carrera, pero sí lo ha hecho con una mayor amplitud de miras. Al folk que lo alimentara entonces ha añadido con enorme naturalidad Swing, Ragtime, toneladas de Rockabilly y Blues electrificado de escuela Chicago y, sobre todo, una sensibilidad jazzística que ha salvado su voz; un instrumento probablemente devenido ya casi inservible para el directo en los recintos en los que suele moverse, pero que en el estudio y en un favorecedor primer plano, despliega una gama prodigiosa de matices crepusculares que convierten a nuestro hombre en un intérprete completamente excepcional. No sólo desde la emotividad, sino también desde una capacidad inaudita para los matices intelectuales en un magistral fraseo, completamente personal e intransferible.
Vuelve también ese erudito de la música popular que, sinceramente, esta vez me supera. Yo puedo localizar la cita de “Someday Baby”, citando ese “Trouble No More” de Muddy Waters, clásico también en la versión de Allman Brothers Band, nuevamente a Waters en “Rollin and Tumblin’”, o ese “When The Levee Breaks” de Memphis Minnie (en “The Leeve’s Gonna Break”), que Led Zeppelin hicieran tan enorme. Pero cuando, al parecer, rehace “Nettie Moore”, una balada americana del S. XIX, la cultura de servidor ya no da abasto. Pero esto, en realidad, da igual. Porque es a base de aportar su propia cosecha a este acervo, con la menor de las vanidades, que Dylan ha conseguido un logro que, probablemente, sea el logro de una vida observada desde su propia perspectiva. Porque Dylan por fin lo ha conseguido: es el mejor artista de blues vivo y el último de sus creadores. Porque precisamente recreando así, es como se ha creado el blues, y como Dylan lo quiere crear, dotándolo de una gloria de la que parece haber sido despojado, escribiéndolo (y reescribiéndolo) como nadie.
"Spirit on the Water" no tiene errores. Todo es perfecta en ella. Es lenta y distendida, cuyas notas deslizantes y previsibles, muy fértiles en el jazz de los años 20 y 30, evocan una noche cualquiera en la América de los tiempo modernos. Este letargo vuelve a quebrase cuando Dylan retorna a redundar en el blues más clásico en los seis minutos de "Rollin' and Tumblin'", una canción sin importancia que sólo auspicia de intermedio recreativo para la más interesante "When the Deal Goes Down", canción en la que Dylan pone todo lo que realmente tiene para decir en Modern Times.
Llegamos así al peliagudo tema político. A pesar de algunos despistes, en realidad hay aquí más del Dylan viejo verde que de otras cuestiones. Sobre todo, debe asumirse ya de una condenada vez que, ni en el terreno político, y ni siquiera en el religioso desde aquel primer fervor converso, Dylan volverá jamás a predicar de aquella manera. Sobre todo, según el caso, rezará, o lamentará, y lo hará como pocos. Y es cierto que, de eso, sí que hay más que otras veces. Porque del mismo modo que “When The Deal Goes Down” rescata la misma ambigüedad plena de patetismo que hiciera grande “I Believe in You” (de “Slow Train Coming”), en otra balada de fidelidad ambivalente, tenemos una pieza central en el disco, “Workingman’s Blues #2”, con título prestado de Merle Haggard, en tiempos icono de una cierta derecha americana, y abierta también a equívocos.
Encontrar frases tan rotundas como “El poder adquisitivo del proletariado se ha ido al traste/ [..] Dicen que los sueldos bajos son la realidad, si queremos competir en el extranjero”, podría bloquear la visión de lo que es, esencialmente un relato empático y sentimental, conmovedor y penetrante, pero no el regreso del profeta furioso. En cierto modo parece un trasunto en su carrera de aquel “King Harvest” de sus amigos, maestros y discípulos, The Band. Y la verdad de su tono y motivo la resume en el coda con una sencillez aplastante (“Tengo un traje nuevo, y una nueva esposa/ Yo puedo sobrevivir a bases de arroz con frijoles/ Pero alguna gente nunca trabajó un día en su vida/ Ni siquiera saben lo que “trabajo” quiere decir”) mientras la música flota con la misma levedad majestuosa que alumbrara lo más hermoso de “Blonde On Blonde”, milagro éste que nadie cabría esperar.
Claramente, la obra de Dylan es, hoy por hoy y desde hace mucho, una cuestión personal, o personalizada, el soberano ejercicio de una subjetividad, ni ciega, ni aislada, pero plenamente honesta en reconocer en esta condición la prerrogativa, el privilegio y también la condena del artista. Canciones como “The Levee’s Gonna Break” que, tal vez sí, tal vez no, tal vez también, hagan referencia al Huracán Katrina, vencen ante un hombre de tercera edad con una libido sorprendentemente disparada, pero igualmente condenado por ese romanticismo patológico suyo que hace de “Nettie Moore” una construcción absolutamente memorable, conteniendo uno de los mejores catálogos de declaraciones de amor jamás volcados en una canción. La clausura, también plenamente a la altura del mejor Dylan, llega con “Ain’t Talkin’”, a la que le aplica con maestría la misma clase de atmósfera onírica con la que Lanois empapara “The Man With The Long Black Coat” (de “Oh Mercy”), creando un pasaje apocalíptico, sobre el que parece pasearse en retirada, huidizo, andando, no hablando, y nunca predicando.
Y asi como encontramos grandes versos tambien encontramos decenas de referencias eróticas, más rudas que tiernas, y uno le concede al hombre el derecho a tomar distancia del gran relato amoroso adulto que ocupa a demasiados colegas suyos. “Quiero a una mujer que haga exactamente lo que yo diga” o “He mamado la leche de mil vacas” son el tipo de versos que espantarían a las fanáticas de James Blunt, y que, por alguna razón, se escuchan sin sentirse uno obligada a emitir un juicio. Mal que mal, no deja de ser admirable que el propio Dylan asuma su trabajo sin la solemnidad que parece darle el planeta completo. Es innegable que aquí canta un hombre que sigue disfrutando con lo que hace y que mantiene la lucidez de integrarse al flujo general de la música popular, en vez de cantar desde un pedestal, como el semidiós que nunca pidió ser.

Track listing
- "Thunder on the Mountain" – 5:55
- "Spirit on the Water" – 7:42
- "Rollin' and Tumblin'" – 6:01
- "When the Deal Goes Down" – 5:04
- "Someday Baby" – 4:55
- "Workingman's Blues #2" – 6:07
- "Beyond the Horizon" – 5:36
- "Nettie Moore" – 6:52
- "The Levee's Gonna Break" – 5:43
- "Ain't Talkin'" – 8:48
Modern Times es un álbum que podría sorprender a muy pocos; quizás únicamente a los que han sustituido las contemplaciones estéticas impersonales por ciegos fanatismos o competencias deportivas o políticas, en las que el público espera que su equipo o partido venza a su oponente aunque se trate del más débil o torpe de los dos. Fans de Dylan creen que su música ha sido de las mejores que hubo en el rock.
Esto último nunca fue cierto. "Highway 61 Reviseted" y "Blonde on Blonde" han sido excelentes discos de rock que la historia no deberá olvidar. Pasará mucho tiempo y sus nombres deberán aparecer (con justicia) entre los mayores 300 o 500 discos del rock. Pero Dylan no ha sido mejor que Zappa o Bowie. "Highway 61 Reviseted" será siempre un gran disco, pero nunca algo igual o mejor que el primer CD de Peter Gabriel, "Zuma" de Neil Young o "Another Green World" de Brian Eno. Una revisión exhaustiva de la historia del rock deberá dar como resultado una valoración menor de la obra de Dylan en el contexto musical de los sesentas y setentas. En tal caso, y a largo plazo, deberían ser más importantes las contribuciones en los noventas de Massive Attack, Richie Hawtin e incluso Underworld, que las que él dejara grabadas, por ejemplo, en los setentas.
Desde ese punto de vista, el nuevo disco de Bob Dylan (el número 32 en su lista de grabaciones de estudio) no es más ni menos interesante que lo que ha venido trabajando en la última década, y se le apreciará mejor si se parte de la base de que no hay para qué buscar aquí ni una porción de aquello que —fuese por talento, lucidez o zeitgeist— convirtió a sus álbumes de los ’60 en el tipo de cosas que merecen espacio en enciclopedias. En resumen: éste es el disco de un experimentado seguidor del blues, el jazz y el rockabilly (y sus socios de varios años), quien valiéndose de la tradición de esos tres ejes sonoros relata con gracia historias (largas) sobre lo cómico que es a veces observar el mundo desde el escepticismo que dan los años, y que —algo menos habitual en sus canciones— se permite asomar al pornógrafo que vive dentro de todo anciano.
El fracaso de esta tarea podrá tener causas múltiples, una de las cuales estribará, sin dudas, en lo muy profundo en nuestras almas en que se han arraigado las melodías excelsas de "Blowin the Wind", "Mr. Tambourine Man" y "Like a Rolling Stone".
En otro tiempo amábamos para siempre, pero sólo a las rocas podría tolerárseles un tipo de amor sempiterno. Y sin embargo no puedo ponerle menos de 7.
VIDEO: Bob Dylan - When The Deal Goes Down
PUNTUACION: 8.0 / 10
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