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2007-08-18

TERREMOTO EN PERU

La semana definitivamente estuve marcada una tragedia que dolio a todos. un terremoto en Perú que al parecer ya lleva mas de 1000 muertos. Lo raro es lo irritante que puede llegar a ser que todo el mundo se acerque a vos con cara de angustia y preocupación a decirte : "che! cómo estás? y tu familia?. Me lo pregunto todo el mundo y lo digo literalmente, para los que aún no lo saben, mi familia esta bien! Gracias por preguntar. Leia hace unos dias un diario peruano ElComercio y encontre un blog y en ese blog un post y en ese post el ideal condensado de lo que paso por mi mente en estos días. Una nota magistral y con una elocuencia digna de un buen periodista.

MOMENTOS ABSURDOS DE LA TRAGEDIA

Odio los jingles. Los odio mucho más si están inspirados en una tragedia y más si esa tragedia ha matado gente. No sé si escucharon el de canal 7. “Estoy aquí porque soy el Perú, dispuesto a entregarte mis manos a nuestros hermanos del sur”. Y por supuesto, imágenes de la catástrofe mientras dura la estrofa. Detesto las cuñas de la tele que dicen en letras gigantes TERREMOTO, como si se tratara del anuncio de la próxima película de Cine Millonario. Claro, me dirán que es la escuela americana bien aprendida y que eso le da unidad al concepto informativo. Me vale madre, que lo hagan los gringos no quiere decir que esté bien y mucho menos que tenga buen gusto. Hay cosas que no termino de comprender de la cultura del entretenimiento. Es raro poner canal 2 y ver a Marisela Puicón y a Sofía Franco tratando sin éxito de cambiar de registro y poner cara de anti-alegría, incapaces de poner off a la exuberanacia de esos cuerpos tan moldeados para el goce visual. Me parece loco que América Televisión convierta su habitual logo naranja en un cuadradito en blanco y negro (luto) y al mismo tiempo transmita un nuevo episodio de Así es la vida.

Toda megatragedia tiene un lado involuntariamente absurdo, y en estos tiempos de bombardeo mediático y tiranía de la imagen, esta realidad adquiere niveles que me invitarían a la risa irónica si no fuera porque, bueno, ya saben por qué. Quizás en 20 años, los cds de la cobertura del terremoto serán vistos como surrealistas documentales de culto por barbudos estudiantes de cine. Prendo la tele y es como si me sentara frente a una pardodia en vivo, una caricatura en tiempo real, una retahíla de patinadas y cosas que no se deben hacer: meterle el micrófono a una mujer que descansa en la camilla de emergencia es feo. Siempre me ha sobrecogido la forma en que los clichés se diseminan en estas circunstancias, cómo lo trivial se impone rápidamente a lo profundo, cómo la propalación de noticias es solo la sucesión episódica de eventos que se ven con la misma boba intensidad de una telenovela. Desrealización, dirán los posmodernos.

Me revienta un poco esa triste frase de “nuestros hermanos del sur”, porque es como si necesitáramos recalcar que son nuestros hermanos, o sea, también son el Perú, ¿manyas?. Nadie dice “nuestros hermanos de Miraflores”, por ejemplo. Veo una especie de culpa capitalina, como si de pronto tuviéramos que recordar que esa fracción de tierra devastada es parte del país. Porque la verdad es esta: los limeños solo nos acordamos de Pisco para sacarle en cara a Chile que el origen real de la bebida bandera que nos robaron y que ellos aman. Yo no he ido a Pisco. Casi nadie va a Pisco y los que van, van en plan de juerga con escala en Chincha pa’ bailar negroide: porque así llamamos a la música negra, ne-groi-de. A un limeño le dices pisco y te responde ah sí, claaaaro: Italia, Acholado o Mosto Verde.

Estos días son raros en la capital del Perú. Me escriben mis amigos de afuera para preguntarme si estoy vivo. Qué puedo decirles, mi ciudad es la de siempre. La gente se junta y se reúne y traga chifas y pollos a la brasa y las chicas guapas toman ron y comentan: “Puta huona, ¿qué tal el terremoto ah?, cuenta, cuenta… yo estaba en Larco cojuda, en LARCO, no saes, pensé que salía Godzilla, hueona. Bravazo”.

Lo que jode es que sigamos viviendo en un país tan precario, tan incomunicado, tan ancho y ajeno, un país que vive de espaldas a sí mismo, de tanto mirarse el ombligo embelezado por la bonanza (la bonanza, ¿se acuerdan no?). El miércoles nos fuimos a dormir pensando en 40 muertos. Y al día siguiente nos enteramos de que eran casi quinientos. Quinientos. Solo intenten visualizarlo, por favor. Pienso algo. Cuando todo esto pase y los peruanos nos levantemos, una vez más, para cargar la pesada cruz de la supervivencia, cuando los días transcurran y los titulares vuelvan a estar tomados por la discusión de si los patrulleros chinos sirven, en fin, cuando me siente de nuevo a ver la tele hablándome de índices económicos muy azules como la esperanza, ¿creeré de nuevo que me están hablando de todo el Perú?, ¿o pensaré que, quizás, por ahí, se les ha olvidado algo?. JUAN MANUEL ROBLES. Escritor. Nació en Lima.



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